Amor y fantasia

Amar y ser amado es la pretensión de todos los seres humanos. Se arraiga en el núcleo más profundo de nuestras necesidades básicas emocionales de seguridad, cobijo, pertenencia, autoestima y autorrealización, por ello buscamos incansablemente, y muchas veces cueste lo que cueste, poder satisfacerlas. Es nuestro objetivo y nuestra meta.

Es la búsqueda de ese amor la que da sentido y significado, la que nos mueve hacia ese fin último que es conectar con nuestro estado natural. Somos hijos del amor y solo la vivencia íntima de ese amor nos unifica y nos completa porque nos arraiga a nuestra esencia como seres humanos.

 

Si el amor es el estado natural del cual partimos, ¿por qué sabemos tan poco del amor?
Es frecuente escuchar, sobre todo al inicio de las relaciones de pareja, “¡te amo, te amaré siempre!”, y es que resulta fácil confundir el amor con otro tipo de sentimientos como el cariño, la atracción o el deseo.
La fantasía está casi siempre presente en el inicio de las relaciones de pareja. Esa idea de que nuestro bienestar ha de venir de fuera, bajo la forma de ‘príncipe azul’ o ‘princesa encantada’, suele estar presente en la primera fase del noviazgo, en esta etapa tan solo vemos en el otro aquello que deseamos ver, lo que se ajusta a nuestra fantasía. Es más, si vislumbramos alguna característica que nos disgusta, la metemos también en este saco, fantaseando con la idea de que cambiará o incluso, desde la prepotencia del “yo lo cambiaré”, cosa que no ocurre nunca. Solo cambia quien lo decide, quiere hacerlo y pone toda su energía en su proceso de crecimiento. Nadie cambia por otro aunque se lo haga creer con promesas y nosotros decidamos ponernos la venda en los ojos para creerle.

 

Desde esta ceguera emocional que llamamos enamoramiento y que a mí me gusta definir como «atontamiento mental transitorio», buscamos satisfacer nuestras carencias afectivas. El verdadero amor va mucho más allá de un sentimiento, es un estado profundo desde el cual nos miramos, miramos a los demás y miramos los acontecimientos del mundo. El verdadero amor es una instalación de nuestro ser que vive y se nutre del mismo amor y empieza por nosotros mismos.

 

¿Cómo comienza nuestra historia de amor?

El amor por uno mismo comienza a desarrollarse en la primera infancia en el seno de nuestra familia. Es allí donde recibimos las primeras lecciones a amor. Aprendemos a vernos a través de los ojos de nuestros padres y de las personas significativas de nuestro entorno. Es con los mensajes que recibimos y los comportamientos que vimos, cómo nos formamos un concepto de nosotros mismos en el que quedan reflejadas las características que nos transmitieron. Aprendimos del amor a través de sus comportamientos, de su forma de leer la realidad y de reaccionar a ella, aprendimos de la forma como nos reflejaban su cariño, su enfado o cualquiera de sus sentimientos.

Cuando la mirada de nuestros padres ha sido amplia y sana, tenemos todos los ingredientes para desarrollarnos como personas sanas y abiertas a la vida; sin embargo, cuando nos miraron con ojos deformados, aprendimos a vernos con una mirada deformada y limitada de nosotros mismos, impidiéndonos alcanzar la imagen completa de quienes somos.

Las relaciones disfuncionales en nuestra familia de origen son el caldo de cultivo de los problemas que arrastramos en nuestra vida adulta, suponen un aprendizaje distorsionado de los patrones de relación que establecemos con nosotros mismos y con los demás. Si todo lo que conocimos fue un modelo ambiguo y distorsionado, asumimos que es así cómo tiene que ser y lo incorporamos, formando parte de nuestro repertorio de comportamientos y actitudes que reproducimos fielmente después a lo largo de nuestra vida.

 

Somos herederos de historias y, si las mantenemos inconscientes, repetiremos los mismos patrones que nos dañaron. Así, si una mujer tuvo una madre dependiente, pasiva y sumisa, se da cuenta de que en su vida eligió como parejas, de entre todos los hombres posibles, hombres dominantes y directivos, tal y como era su padre, de este modo constituye relaciones prácticamente idénticas a la de su familia de origen. Nuestras relaciones comienzan eligiendo a la persona que nos complementa y con la que podemos seguir manteniendo el rol que aprendimos en nuestra infancia.

Cuando no tuvimos la oportunidad de satisfacer nuestras necesidades básicas, llegamos a la conclusión de que nuestras necesidades no son importantes; entonces crece en nosotros un sentimiento íntimo de vergüenza e indignidad que nos impide sentirnos dignos de ser queridos por ser quienes somos, por lo que terminamos creyendo que necesitamos depender de los demás. Se evaporó nuestro sentimiento original de valoración, lo que conlleva la sensación íntima de no valer lo suficiente. Formamos creencias limitadoras de nosotros y nos escondemos tras máscaras de mil colores para mostrar una imagen que consideramos aceptable de nosotros y así conseguir la valoración y el afecto que necesitamos.

Estas creencias, avaladas con nuestras experiencias, suponen un obstáculo en el camino de nuestro potencial como ser humano. Nos impiden conocernos, crecer y madurar, de tal forma que terminamos convirtiéndonos en personas miedosas, inseguras, con sentimientos negativos hacia nosotros, faltando al respeto a quienes realmente somos.
Terminamos volviéndonos dependientes del afecto de los demás, lo cual constituye el origen de la mayoría de nuestros problemas y de nuestro sufrimiento emocional y desarrollamos mecanismos defensivos que nos permiten combatir nuestro dolor y nuestro miedo.

Algunos de los mecanismos que suponen la ceguera respecto a nuestras necesidades son: la necesidad de control, el exceso de responsabilidad, la racionalización, la hipersocialización o el retraimiento. La consecuencia es que ignoramos que somos dignos de ser queridos, que tenemos derecho a ser bien tratados y a ser plenamente felices.

Desde esta ignorancia distorsionamos la realidad fantaseándola:

Lo obvio se refiere a la realidad tal cual es. “Él dice que no me quiere y por eso se va”.

La fantasía es la ‘peli’ que nos creamos para leer la realidad que no aceptamos: “No puede no quererme, es imposible después de tanto tiempo. Además se porta bien conmigo y no tiene otra persona. Seguro que me quiere aunque está confundido y no lo sabe”.

Sin duda lo obvio es duro de aceptar y tiene un gran impacto emocional de dolor y tristeza, sentimientos sanos ante una situación dolorosa. Ahora bien, desde la fantasía, nos montamos nuestra ‘peli’, racionalizando la realidad, para enfriar el dolor y agarrarnos a una esperanza enfermiza.

Nos autoengañamos entonces repitiéndonos que nos pasa esto porque somos personas que amamos demasiado y que nos entregamos por completo. Sin embargo, en realidad, tenemos unas carencias afectivas enormes y, por tanto, nuestra demanda de cariño es insaciable. Desde la carencia emocional, se pueden dar dos situaciones:

  • Que aceptemos ‘cualquier migaja de cariño’ a costa de tragar con situaciones intolerables de abuso, es decir, infravalorándonos, poniéndonos de alfombras y aceptando que nos pisen.
  • Que nos pongamos en una posición de superioridad respecto al otro, sobrevalorándonos y destacando a costa de machacar al otro.

Tan ocupados que estamos demandando el cariño que nos hace falta para compensar las carencias afectivas que arrastramos desde la infancia que olvidamos lo más importante, porque es lo único que depende de uno mismo, que es desarrollar la capacidad de amar. A amar se aprende amando, posicionándonos en el amor. Se trata de un aprendizaje continuo que no se agota nunca y a la primera persona a la que ha de estar dirigido es a nosotros mismos. Un ingrediente fundamental para poder amar a otra persona es amarnos a nosotros mismos. Nadie puede dar lo que no tiene; así que, si no sentimos amor por nosotros, no podemos amar a los demás.

Si por fortuna tuvimos la oportunidad de comenzar este aprendizaje en nuestra infancia, llevamos mucho camino andado y podemos sentirnos afortunados. Si no es así, HOY, AQUÍ Y AHORA, podemos comenzar a creer en nosotros, dándonos permiso para mirarnos de un modo diferente que nos permita sentirnos personas valiosas y dignas de amor, que nos posibilite para amarnos y amar a los otros sin condiciones ni cortapisas, sin tantos juicios y deberías. Solo así, poniendo conciencia en quienes somos, podemos descubrir a la persona maravillosa que llevamos dentro y ver al otro en toda su dimensión.